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Talasnal: el regreso a los ritmos de la Naturaleza.

22 ago
2 min de lectura

Había una vez un pueblo perdido en la sierra de Lousã, llamado Talasnal.


Estaba tan alejado de la mano de Dios que los escasos diez kilómetros que lo separaban de la ciudad más próxima parecían constituir un caso singular de elasticidad del factor tiempo y espacio.

La carretera, estrecha, ascendía la montaña en curvas tan cerradas que su huella dejaba un surco esculpido en su bosque cerrado. Esta carretera aún conservaba la inmerecida categoría de «doble sentido», heredado, sin duda, de aquel tiempo en que los coches guardaban la proporción con sus espacios.


Pero el tiempo no perdona las escalas antiguas.


Los vehículos crecieron, las prisas también, y aquella vía convirtió a sus conductores en expertos calculistas: bastaban unos segundos para calcular anchuras, distancias, velocidades y, sobre todo, la anhelada probabilidad de que fuese el otro quien decidiera ceder el paso.

Al dejar atrás ese tramo imposible, Talasnal aparece encajado en la ladera, como si la montaña lo hubiera retenido. Entre sus casas de piedra se revela una paradoja: la belleza serena de sus calles silenciadas con un modo de vida que ya no reconocemos del todo.


Este pueblo construido por agricultores y ganaderos se conformaba por una comunidad colaborativa donde la presencia del vecino aseguraba la única forma posible de sobrevivir: el trueque.

Eran tiempos en los que se necesitaba la tierra, la lluvia, el invierno, la luz. Saber cuándo sembrar, cuándo recoger, cuándo esperar.

La naturaleza marcaba el ritmo de los tiempos de cosecha y la vida obedecía a ciclos que no se discutían.

El pueblo crecía así: sin planificación creativa, sino por necesidad. Y todo se construía con lo que ya estaba allí.. piedra, madera, agua, tierra, una casa cuando hacía falta, un muro cuando la montaña lo exigía, y así, generación tras generación.

Era una comunidad de pocos vecinos endurecida por el rigor del clima y la pendiente de la montaña pero conseguían, entre todos ser autosuficientes. Y en esa dependencia mutua se daba la esencia misma de la idea de pertenencia.

Pertenencia a un lugar, a un tiempo, a los demás.


En los años ochenta, el progreso ofreció otra promesa: comodidad, trabajo, velocidad. Y el pueblo se vació.

Al irse las personas se fue también otra forma de habitar el tiempo. Un tiempo que no se consumía: se acompañaba.


Hoy Talasnal está lleno de visitantes afuerinos, pero no de vecinos. Caminamos entre sus casas, fotografiamos sus muros, buscamos silencio.

Pero seguimos siendo extraños.

Llegamos desde un mundo donde todo debe ser rápido, disponible, continuo. Donde los ciclos han sido sustituidos por la inmediatez.

Y quizá por eso volvemos.

No sabemos bien qué buscamos: quizá una memoria antigua de cuando el mundo era más lento, cuando diez kilómetros eran una distancia real y el invierno era invierno.

Al marcharnos, la carretera nos devuelve al presente con su estrechez imposible.

Y uno se pregunta si el verdadero cambio no es lo que hemos ganado, sino lo que hemos dejado de necesitar y de valorar para poder seguir avanzando deprisa.


CFC

2 comentarios

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Invitado
22 ago
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Lo que nos perdemos...

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Invitado
22 ago
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Fabuloso

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