El tenis y el Instante
- carmen fernandez de cordoba
- hace 2 días
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Cada vez le costaba más encontrar contrincantes para jugar al tenis. Algunos de sus asiduos ya habían asumido aquello de que «una retirada a tiempo era una victoria», mientras que otros habían diversificado sus actividades deportivas y eran bastante menos constantes que él, o más acostumbrados a saltar de una práctica deportiva a otra.
Ante esta realidad, recurrió a su propio entorno familiar. Sus hijos, entrenados a base de horas de frontón, siempre lo habían considerado el deporte de base, algo no, necesariamente, elegido pero habitual en el paisaje recreacional de la casa.
En mi caso, las ocasiones en que jugaba eran tan esporádicas que apenas lo veía como un hábito deportivo; más bien, como una habilidad adquirida durante los tiempos muertos de los domingos en el Club.
Sin embargo, él no estaba dispuesto a renunciar y cualquier contrincante medio formado le servía. Así que lo que comenzó como encuentros ocasionales fue transformándose poco a poco en una costumbre. Las invitaciones esporádicas dieron paso a citas recurrentes, hasta convertirse en parte del calendario semanal. Lo cierto es que llevaba más de un par de décadas sin jugar. Así que lo volví a retomar con cierto hastío remolón, pero con la firme convicción de no presentar demasiada oposición ante su entusiasmo, no compartido.
Hoy lo veo diferente. Admiro su determinación a seguir bajando a la pista a pesar de su ojo tuerto, y de una muñeca que le obligó a jugar el revés a dos manos cuando ya había cumplido los 90 . Su manera incesante de no pasarse una o las observaciones que todavía tiene ganas de hacer a mi propio juego cuando no atino y espera de mí el mismo esfuerzo y empeño de su parte. Ahora veo y, hoy, me fijo.
Lleva una gorra clara, camina despacio entre punto y punto y recoge las bolas sin prisa, como si hubiera aprendido, por fin, que la vida no mejora por correr detrás de ella.
Cuando lo veo al otro lado de la red, bajo un sol que ya supera los treinta grados dejo de lado el calor agobiante típico de las mañanas antes del mediodía y reparo que el simple hecho de estar allí, y tener este momento, es una señal para animarse y disfrutar de esos momentos tan únicos.
El, en pista no parece darse cuenta de mi falta de foco. Solo juega. Refunfuña y se regaña.
Como todos los días.
Mientras le observo pienso que el tenis parece un lugar poco propicio para la contemplación. La pelota viaja demasiado rápido…y, a veces, demasiado alta. Hay que medir distancias, corregir dirección, ajustar alturas, calcular trayectorias y corretear por lo largo y ancho de la pista. El cuerpo se mueve intentando acoplar tanta instrucción tan bien sabida, pero, generalmente, tan mal incorporada.
Pero en algún momento y sin previo aviso has levantado el brazo lo suficiente y la pelota ha pasado la red y te observas como un espectador más de tu propio juego.
No sabría decir si sucede primero en la mente o en el cuerpo. Tal vez en ninguno de los dos. Tal vez en ese territorio extraño donde todo deja de existir…desaparece el esfuerzo.. el brazo se mueve solo y los pies saben hacía donde ir, sabiéndolo antes de que hayas decidido moverte.
La pelota parece más previsible de lo habitual. Está donde la esperas.
Y durante unos pocos golpes entras en faena torera.
Un revés.
Otro.
Una derecha que vuela!. Me sorprende sus reflejos.
La siguiente bola llega con su cadencia perfecta. Ya no hay técnica, ni pensamiento.
No hay corrección posible porque, en este estado, tampoco existe el error. Todo fluye con una naturalidad desconocida.
Quizá los grandes jugadores vivan ahí con frecuencia. Quizá sea ese el secreto que los mantiene en las pistas, torneo tras torneo.
Los demás apenas visitamos ese espacio de vez en cuando, como quien encuentra una puerta abierta en mitad de un camino y alcanza a ver, durante unos segundos, un paisaje que le es ajeno.
Son momentos extraños, fugaces.
Mientras el cuerpo juega, la mente se afloja.
Aparecen imágenes olvidadas. Una bicicleta demasiado grande para mi edad. El olor de las mañanas de verano.
Las voces de niños hablando de forma atropellada.
Sensaciones que regresan sin orden ni motivo.
Y, por un instante, todo parece ocupar el lugar que le corresponde.
El golpe.
El tiempo.
La luz.
El aire.
Las pequeñas luchas que cada uno libra consigo mismo.
Todo queda suspendido.
Entonces levantas la vista. Una exclamación ajena a tus pensamientos ha roto el silencio:
.—¡Joe, qué vago estoy hoy!
Y el hechizo se rompe.
Vuelves al mundo.
Miras al padre que acaba de pronunciar la frase y recuerdas que pronto serán 92 años.
Los treinta grados no le hacen mella. Se ofusca ante la falta de movimiento de sus propios pies. No logra entenderlo.
Entonces te imaginas a su edad en la pista. Y la imagen te parece absurda.
Aunque sea a costa de perder las musas, el éxtasis del vuelo mental y aunque nunca volvieras a entrar en faena torera. Y, justo ahí pedirías como regalo alargar este preciso momento un rato más para retenerlo como foto fija de tu memoria tenística.
Entiendes que la gracia de bajar a la pista nunca fueron los golpes magistrales sino la aprensión de una memoria que se antoja siempre esquiva..
CFC



Joé, qué vago estoy!. Qué expresión tan nítida. Gracias Piti por dedicarle tu atención a ese gran conversador, además de tenaz jugador que es tu padre
Me gusta mucho esta Narración, CFC. Te veo jugando al Tenis con tu Padre, me emociona su Vitalidad, su Convicción y su Disfrute, me conmueve y me arrancas una risa natural y divertida, tu Prosa Poética me cala Hondo...!!! Me encanta leerte!!! Gracias, Gracias😘