Decir yo es decir ellas.

Amigas. Es la palabra más grande del diccionario. En ella encuentran acomodo con desperezada holgura abuelas de rostro rastrillado por el tiempo y moño prieto, vecinas que secan sus manos en el mandil antes de regalar un huevo y una sonrisa. También una hija que decidió coger vuelo en tu dirección en lugar de alejarse, una cuñada que te apoyó a ojos cerrados, jefas sensatas y cercanas, madres propias y ajenas de corazón tierno y espíritu decidido, hermanas cómplices, mujeres que surcan la vida a tu lado sin levantar espuma. Y otras que llegaron ayer y se quedarán para los restos.
Hay hombres que son amigas porque no se arrugan ante el título despampanante, porque son leales y buscan raigambre y espacio en el gineceo mientras se revuelven incómodos en las hechuras de un traje masculino apolillado y renqueante.
A lo largo de la historia, las mujeres se han dispuesto en corro apretado y tenaz frente a los ataques externos; han compartido su sabiduría en torno a las mesas de las cocinas y han urdido un tejido de sororidad cuyo legado no se deteriora ni pierde apresto.
Decir yo es decir ellas. Avanzo palimpsesto bajo las mil capas de mil impactos femeninos y plurales, sobre escritos en mi piel como un tatuaje cuyo azul nunca termina. Estoy hecha de sus miradas, del contoneo de sus pasos y de sus carcajadas. Del agravio infligido y del perdón que regalan. De la palabra que, como un puente, traslada a la seguridad del otro margen.
Mis amigas, mujeres y hombres, son de carne y abrazo, de respuesta rápida para lanzar un cabo y para apuntarse a un aquelarre donde arreglar el mundo en dos patadas. A punta de citas y cervezas, cenas y confesiones, han devenido en una red invisible sin apenas percibirlo. Solo yo sé las veces que, a un dedo de tocar el suelo, el gesto atento de una de ellas ha tensado la malla salvadora y me ha rebotado de vuelta al optimismo y la esperanza.
El afecto entre amigas es sólido y esponjoso, alto y fragante, aunque las horas, la distancia, la extrañeza o el desacuerdo formen parte de sus ingredientes. No hay conflicto entre mujeres que se quieren que no zanje una confidencia, un guiño o una disculpa palpitante. Nada embellece más que recibir el ocaso violeta en el fragor de una alborotada conversación femenina.
La ilusión de un huerto, un consejo impetuoso, hojas en blanco para escribir la nueva vida, una falda de segunda mano, ratos de debate y escucha generosa, cadenas de mensajes que conjuran el fantasma de la tristeza. Son cuentas de cristal iridiscente que orlan mi garganta, piezas de la armadura que me guarece, jirones anudados de pasado y futuro, pedazos del corazón de mis amigas.
Myriam Ybot G.



Más que una caricia al alma, es un abrazo al alma amiga querida, que bello escribis!!! Un placer leerte!!!